Paremos este partido también
Pepe Rodríguez
Firma invitada
Rector de la Universidad de Huelva
En la mañana del pasado viernes, desayuné con una noticia, una más, sobre una mujer con presencia en la esfera pública empujada a denunciar insultos reiterados en redes sociales, e incluso querellarse contra los autores de algunos de los más abominables e hirientes. La mujer, en este caso particular, resultaba ser la vicesecretaria general del PSOE de Andalucía, María Márquez Romero, aunque eso no viene al caso. No al caso atacado por el ángulo que más me inquieta y sobre el que quiero poner el acento.
Simpatías o antipatías, y militancias en uno u otro campo dejadas de lado, lo que me inquieta y me preocupa severamente trasciende, incluso, al hecho obvio de que los insultos van dirigidos a una mujer que destaca en su ámbito profesional y goza de dimensión pública; y rezuman, muchos de ellos, un machismo casposo y una animadversión grosera. Patrón que se repite con contumacia, desgraciadamente. Siendo triste y grave todo lo anterior, lo peor es que representan la manifestación pública de una violencia verbal y un odio gratuito a los que, según parece, nos estamos acostumbrando.
Normalizar el odio al otro, lo que fuere que lo defina como tal, es un primer paso en la erosión de la convivencia.
Sería ingenuo creer que no es una parte de la naturaleza humana —puede que hasta consustancial con ella— la que aflora aquí; la que se filtra por la red conexa de rendijas que abren las redes sociales, confundiendo las esferas privada y pública. Pero, afortunadamente, el ser humano también es capaz de responder a otros muchos impulsos más loables, que también lo definen. Impulsos que permiten, si no sofocar, al menos controlar ese odio y esa violencia, quizás instrumentos atávicos de supervivencia, para facilitar la convivencia a la escala y en la dimensión de lo que llamamos civilización. Y que deberían servir para evitar que, como tantas veces ocurrió, nos aniquilemos los unos a los otros, disfrazando nuestros miedos, envidias y odios con barnices ideológicos y pretextos para la autoindulgencia. No puede ser que aplaudamos en todos los foros que un partido de fútbol se detenga para señalar y sofocar gritos u onomatopeyas de intención racista, y que no reaccionemos de manera equivalente ante estas otras manifestaciones públicas de odio y violencia verbal. Los espacios propositivos para las ideas, que las permiten fluir y confrontar con libertad para promover el necesario debate, son siempre bienvenidos y necesarios. Las manifestaciones propiciadas por el odio, en cambio, dinamitan dichos espacios.
Si hay que parar este partido también, hagámoslo. Mostremos el compromiso que el asunto exige porque, en este partido, nos jugamos mucho. Normalizar el odio al otro, lo que fuere que lo defina como tal, es un primer paso en la erosión de la convivencia que siempre nos ha conducido a un final de camino catastrófico. No dejemos caer a Martin Niemöller en el olvido: todos somos recíprocamente un otro.