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Con voz propia

Sobre el ranking de Shanghai y las universidades públicas españolas

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Mural de grafiti en Olhão (Portugal): un astronauta pintado sobre grandes letras.
Pepe Rodríguez
Olhão, Portugal 2026 / Carmen Rico Brioso

La firma

Pepe Rodríguez

Rector de la Universidad de Huelva

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Los rankings sólo importan cuando nos sacan bien. Creo que, quizás de manera inconfesable, la mayoría de nosotros admitiría la veracidad de este enunciado. La reciente publicación del nuevo Academic Ranking of World Universities (ARWU) –mejor conocido como Ranking de Shanghai-- para 2026, así como las reacciones suscitadas por la regresión en los resultados cosechados por el conjunto de las universidades españolas –de 36 entre las mil mejor calificadas en 2025 a 30 en 2026-- y, especialmente, de las andaluzas –de 6 a 3--, hacen oportuno recuperar y, usando un sencillo silogismo, reformular interrogativamente el enunciado de partida: ¿debe importarnos que el ARWU saque bien a nuestras universidades públicas?

Si convenimos primero en que las universidades públicas, como toda institución pública, deben estar sometidas a la evaluación regular de la calidad del servicio que prestan, del grado de cumplimiento de los objetivos que son su raison d’être, y que tal es la evaluación que debe realmente importarnos; la verdadera pregunta que debemos hacernos es si la evaluación conducente a ordenarlas en el ARWU examina la calidad de ese servicio que prestan. Con objeto de alcanzar cierto consenso en el sentido de la respuesta, debemos analizar los criterios evaluadores del ARWU y ponernos de acuerdo sobre la naturaleza del servicio que las universidades prestan. Vamos a ello.

Las Universidades como servicio público.- Pongamos primero el foco en la Universidad. Su objeto último es el de generar y transmitir conocimiento, ya sea por medio de la formación de sus egresados o de la transferencia directa de este conocimiento a la sociedad y al entorno productivo; mejorando así nuestra competitividad, capacidad de entender y transformar la realidad que nos rodea y, en definitiva, nivel de prosperidad. La Universidad pública desempeña, además, un papel esencial como agente de redistribución de riqueza y de justicia social, transformando recursos públicos en oportunidades transversales para el mérito y la capacidad, sin importar el origen o condición de aquellos que los demuestren. Ese es el servicio público fundamental que, a mi juicio, prestan las universidades públicas a las sociedades a las que se deben. Y es un servicio prestado a escala global pero también local. El conocimiento tiene un impacto global, es internacional y permea en cualquier tipo de frontera; pero, transferido localmente, transforma a las universidades en motores de desarrollo socio-económico para sus territorios. Y es precisamente a escala local que la acción formativa y de transferencia de las universidades se torna más efectiva, pudiendo dotarse de aquellas especificidades que responden mejor a las particularidades de sus territorios. Arrojaré simplemente un dato para refrendar el papel multiplicador del sistema público universitario español: cada 100 euros invertidos en él durante el año 2021, generaron 505 euros de facturación directa, según un análisis económico territorializado publicado por la Universitat de Barcelona en 2023.

Lo que ARWU evalúa.- En cuanto al ARWU, articula su evaluación sobre la base de 6 grandes indicadores con distinto peso en el resultado final. Dos contabilizan la producción científica por medio de, respectivamente, el total anual de publicaciones en revistas especializadas catalogadas (indexadas) y, específicamente, en dos de muy alto impacto (Nature y Science). Otros dos miden la excelencia del profesorado, considerando uno el número de galardonados con un Premio Nobel o una Medalla Field (Matemáticas), y el de investigadores excepcionalmente reconocidos el otro (para ello recurre a una clasificación anual que hace la empresa Clarivate Analytics). Cada unos de estos cuatro pesa un 20%. El restante 20% de peso en el resultado final se lo reparten equitativamente otros dos indicadores: uno pretende evaluar la calidad de la educación impartida a través del número de egresados, una vez más, galardonados con un Nobel o una Field; y el otro examina la eficiencia calculando el cociente entre el resultado global obtenido con los 5 indicadores anteriores y el número total de profesores de la institución.

La primera y más inmediata observación de todo lo anterior es que el ARWU evalúa únicamente el desempeño científico del profesorado o de los egresados, ya sea por medio de su producción científica, directamente, o de la reputación que de esta se deriva. La segunda es que el tamaño importa. Y mucho. De manera general, la producción científica crece con el número de profesores; y la probabilidad de contar entre ellos con investigadores muy productivos, excepcionalmente reconocidos o premiados lo hace sobretodo con los recursos – especialmente económicos-- de la institución. Únicamente el 10% del resultado final está determinado por un indicador per capita, por una medida del profesor promedio. Aunque no podemos tampoco obviar, por otra parte, que una gestión adecuada de los recursos disponibles, que redunden en un mejor rendimiento individual del profesorado, sirve para matizar y corregir el efecto principal del tamaño.

Llegados a este punto, se puede afirmar que los criterios del ARWU se ocupan de la generación de conocimiento pero no, al menos no directamente, de la transmisión de ese conocimiento en ninguna de sus vertientes. No obstante, la generación de conocimiento es un elemento diferencial y definitorio, sin el cual no puede existir Universidad. Además, su escrutinio se basa esencialmente en la evaluación por pares –pilar capital de la construcción del consenso científico--, a diferencia de otras actividades académicas para cuyo examen se recurre a sondeos de satisfacción o estudios de impacto por terceros. Por otra parte, a mi juicio, no sería difícil demostrar que la excelencia en la generación y en la transmisión del conocimiento presentan una correlación directa. De manera general, una universidad que produce mejor conocimiento, es también la que transfiere mejor, enseña mejor y desarrolla mejores redes internacionales de cooperación y colaboración; si bien es conveniente señalar la multi-direccionalidad causal de lo anterior. Por todo ello, la información recabada sobre la excelencia en la producción de conocimiento de una universidad es valiosa para el necesario análisis del servicio que presta.

Los sesgos metodológicos de ARWU.- Un inconveniente principal del ARWU, sin embargo, nace de sus elecciones metodológicas y el sesgo que de ellas resulta. Sus criterios privilegian el tamaño y la concentración de recursos. Su grado de exigencia prácticamente excluye a todo el sistema universitario español para un 30% de la puntuación final (relacionada con galardonados con el Nobel o la Field), y lo hace complicado a muchas universidades para otro 20 % (los investigadores excepcionalmente reconocidos por Clarivate Analytics en 2025, en todas las disciplinas técnicas y humanísticas, suponen aproximadamente un 0.1% del total universal). Resulta ilustrativo que, de las 10 universidades públicas andaluzas, son las 3 con mayor presupuesto las clasificadas entre las 1000 mejor evaluadas del ARWU; y únicamente 4 de las 29 universidades públicas españolas en este grupo se hallan indiscutiblemente fuera del rango presupuestario de las 30 mejor financiadas. Otro obstáculo adicional es su filosofía competitiva subyacente, nada ajeno a un ranking por otra parte, y su presentación reducida a un listado de las 1000 mejores de entre las más de 2500 universidades evaluadas. En dicho listado, las primeras 100 aparecen individualmente ordenadas y las restantes agrupadas generalmente por segmentos de 100. Además, los indicadores aparecen expresados en términos relativos al mejor resultado en cada caso; y, fuera de las primeras 100, se omite el resultado global obtenido combinando los de cada indicador particular. Si bien, conocida la algorítmica subyacente al cálculo de este resultado, es sencillo reproducirlo.

Son las que están, pero no todas están.- Así, el ARWU selecciona una élite de un millar de universidades (¿por qué 1000 y no 500 o 1500?), según sus criterios particulares y que generan un importante sesgo privilegiando el volumen total de los recursos disponibles. Y puede servir para responder a la pregunta de si una de ellas es mejor o se halla en el mismo rango que otra, pero no hace fácil establecer un umbral de calidad satisfactoria, ni cuestionarse cuán cerca o lejos se encuentra una universidad dada de superar dicho umbral. Esto último, que no lo primero, aportaría información verdaderamente útil para el asumido propósito de monitorizar el servicio que las universidades públicas prestan por medio de la calidad de la ciencia que generan.

Por tanto, para terminar ofreciendo una respuesta a la pregunta con la que arrancábamos, debe importarnos que nuestras universidades públicas hagan buena ciencia, y es complicado negar que, si ARWU las “saca bien”, la hacen. Pero, el enunciado recíproco es claramente incorrecto. Y, desde luego, las universidades públicas españolas, especialmente las de tamaño medio y pequeño, pueden hacer buena ciencia y prestar un servicio fundamental a nuestra sociedad sin que ARWU las detecte.

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